S?bado, 23 de febrero de 2008

  

 

 

 

Willem Henkle vivia con sus padres en un pequeño pueblo en las afueras de Rotterdam.  Un día su madre le dijo que como eran muy pobres, y no quería que su hijo pasase hambre, lo mejor sería que intentara buscar trabajo en alguno de los grandes barcos que llegaban con frecuencia, al puerto.  De esa manera tendría comida y techo todos los días, y con suerte,  algo de dinero al final de cada viaje.

 

Así que un día Willem recogió sus pocas pertenencias y bajo al puerto, con la suerte de que estaba a punto de zarpar un barco enorme que llevaba en nombre de W.A.Scholten, Jansen,  Rótterdam.   El capitán en seguida acogió a Willem dándole el puesto  de grumete e incluso le dio un uniforme.   Willem estaba muy orgulloso; nunca había tenido ropa tan elegante.  Por la noche, cuando se acostaba,  siempre colocaba la chaqueta para admirar  los botones, ya que jamás había visto unos tan bonitos, con un dibujo en relieve de un ancla.    Además Willem los limpiaba todos los dias. 

 

Enseguida se acostumbro a la vida en alta mar aunque pasaron muchos días  sin ver tierra ni otros barcos, pero  tuvo la mala suerte de caer muy enfermo y el medico de abordo le dijo que en cuanto llegaran a algún puerto, se tendría que ir a un hospital para curarse.

 

Al cabo de unos días llegaron al puerto de Mahón,  y le visito el Dr. Cleghorn, diagnosticando una bronquitis aguda y mando  a Willem al hospital de la  Isla del Rey porque sabían que las monjas  cuidarían muy bien de él.  A pesar de que Willem estaba enfermo y muy triste por haber tenido que dejar sus compañeros,  se sentía a gusto y tranquilo en aquella pequeña isla, con unas vistas preciosas todo alrededor.   Tan bien le cuidaron que pronto empezó a recuperarse y podía hacer pequeñas tareas para ayudar a las monjas.  Un día una monja le pidió que pintase el altar de la capilla, porque estaba  en muy mal estado, y le dio un pote de cal. 

 

 Acostumbrado como estaba Willem a ver las fachadas de las casas de su país, de muchos colores ,le parecía un poco aburrido pintar el altar con aquel color tan soso, y cogiendo el pote lleno de cal, se fue hacía unos matorrales que tenían bolitas de fruta.  Al aplastar estas bolitas, despendieron un liquido azulado, que Willem mezcló con la cal,  así consiguiendo un tono azulado.   Subió a la casa de las Monjas para enseñarles el color, y se fijo que un punto en el techo que estaba a punto de caerse, y si esto ocurriera  causaría  un  gran agujero,  pero las Monjas no tenían dinero para repararlo.    

                     

Willem  pintó la cúpula, las columnas y el altar, todo azul.  Después se alejo para admirar su trabajo, y estaba contento.

 

Otra de sus trabajos consistía en subir el carbón para alimentar los fuegos en las chimeneas en todas las habitaciones.  El carbón se guardaba en unas pequeñas habitáculos, bajando unos escalones pero  a Willem no le gustaban nada, porque al entrar allí, siempre notaba un frío muy peculiar, y sentía la presencia sobrenatural de seres de otros mundos. 

 

Finalmente llegó el día en que Willem , ya recuperado completamente, podía dejar la Isla del Rey, y  se embarcó otra vez, con la ilusión de volver a su país.  Al acostarse se colocó la chaqueta como siempre, pero, ¡que desastre!  se había perdido uno de los botones tan bonitos.  Debía de haberselo caído cuando estaba en la Isla del Rey.  ¡Que pena! Willem estaba muy afectado por la perdida, pero se consoló con el pensamiento que alguien lo encontraria, y como era tan bonito, seguramente lo guardaría en un lugar seguro.   Y asi ha sido.

 

Daph.  22/02/08


Tags: historia boton

Publicado por ihospital @ 8:15
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Comentarios
Publicado por Invitado
Domingo, 24 de febrero de 2008 | 21:38
Me parece estupendo que a parte de las labores fisicas
que la gente realiza desinteresadamente, haya personas que colaboren con su imaginacion para embellecer de una
manera poetica la labor de la Illa del Rey.