S?bado, 12 de abril de 2008

Una historia (para no dormir) de la Isla del Rey.

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Era prácticamente oscuro cuando llegó a la isla la pequeña embarcación que, de vez en cuando, hacía el corto trayecto desde el muelle.  Dejó al nuevo vigilante nocturno, Marc, indicándole una casa donde podía pasar la noche para hacer la guardia.  Enseguida la barca dió media vuelta y volvió al embarcadero, dejando a Marc sólo para descubrir por sí mismo el abandonado hospital, ya casi en ruinas.  Era un poco tarde  y Marc no tenía ganas de  recorrer la isla;  el sol  se estaba escondiendo en el lejano horizonte.  Quedaba poca luz, menos aún de lo normal por culpa de los oscuros arcos que flanqueaban el interior del patio, proyectando tristes sombras.

Marc subió los viejos escalones y se acercó a la casa;  echando un vistazo rápido al interior, dejó su mochila.  Desde allí se quedó observando el viejo hospital, y cómo una higuera enorme crecía a sus anchas en medio del patio debido al abandono, sus hojas se movían suavemente con la brisa del ocaso.  El frío de la humedad le obligó a cobijarse en la casa, y aunque había una chimenea, le parecíó que no valdría la pena encender el fuego, ya que la ventana había sido arrancado literalmente de la pared, dejando entrar un aire frío y húmedo.    De todas formas, aunque tuviera  el fuego encendido todo el día, nada lograría que aquel sitio tan inhóspito y misterioso, se convirtiera en un lugar cálido y agradable por el calor de las llamas.

¿Quién en su sano juicio podría quedarse aquí? – se preguntó.  No era de sorprender que, en efecto, el hospital estaba abandonado, pero las autoridades habían decidido protegerlo en vista de los continuos saqueos, un poco tarde, esto sí,   pero ahora por la historia, por ser patrimonio, porque era muy antiguo, por lo que sea, lo querían vigilado.

Acercando una vieja silla al rincón más alejado de la corriente que entraba, intentó acomodarse con la ayuda de una manta que había traído  y se dispuso a descansar un rato, pensando en lo que había contado el anterior vigilante nocturno antes de dejar el puesto repentinamente.   Dijo qué había visto sombras que se movían - ¿las sombras de la luna jugando con el viento entre las ramas de los árboles?  Cada noche  ocurrían cosas sin explicación.   Informó a la policía y después dejó el trabajo, por miedo, por nervios, porque no entendía lo que pasaba.    Luego Marc recordó lo que la gente contaba sobre las cosas que habían ido sucediendo en la pequeña isla.  Vino un monje,  un médico eminente, un científico, o algo así y le dejaron una sala para hacer sus pruebas y experimentos, pero después de un tiempo no se supo nada más de él.  Bueno, Marc no creía en estos rumores, no tendría miedo, era capaz de hacer el trabajo.  

 Pero pasar la noche dentro de aquel sitio solitario, iluminado completamente por la luz fantasmal de la luna,  no iba a ser cosa fácil. 

 

 

La confianza de Marc no duró mucho.  Aquella misma noche él la vió.  Sin saber bien porqué, se asomo por la puerta mirando hacía el patio, y allí moviéndose lentamente, pero segura, había una forma oscura.  Entre los arcos, uno tras otro,  fué pasando, ahora detrás del pozo en medio del patio, parcialmente escondida por la higuera.  Marc  creía que  había confundido el movimiento de la sombra con el de las ramas ligeramente mecidas por una brisa fría que se había levantado de repente; se lanzó al patio para convencerse de que no había nada.  Pero se equivocó.  Lo vió, un movimiento brusco, oscuro, y luego   -  nada.  Se quedó un momento paralizado, sin creerlo,  intentando autoconvencerse  de que lo que había visto no podía ser y por lo tanto,  no había ocurrido.    Notó como se le iba formando un nudo en el estomago, una angustía, para él, inusual, estando acostumbrado a trabajos de vigilancia nocturna y su confianza  fué a menos.  Pero su autoestima logró anteponerse a un estado de desánimo, sin querer admitir, que simplemente tenía miedo.

 

La luna estaba llena,  y  las sombras quedaban bien marcadas sobre el viejo pavimento,    y allí estaba otra vez,  pasando por debajo de los desgastados arcos, silencioso, la sombra de un hombre, o por lo menos, parecía ser un  hombre.  Marc decidió acercarse y con una valentía que le sorprendió a sí mismo, cruzó el patio hacía los arcos, con unas zancadas largas y confiadas.

 

No había nada.  Pasó debajo de la hilera de arcos, recorriendo  un lado del patio, y para asegurarse, siguió todo alrededor finalmente parándose pensativo.  La brisa aumentó ligeramente y las bajas ramas de la higuera bailaban con la luz de la luna, rascando la superficie del pavimento, llamando su atención.  Algo se movía y al acercarse, notó como su corazón latía con fuerza. Contuviéndose, se aproximó sin saber que iba a pasar.  De repente un gato negro salió de entre las ramas, rozando su pierna;   bajo unos escalones y se fue hacía  la pared de un edificio parcialmente derrumbado.   Subiendo  verticalmente, se posó unos instantes observándo a Marc antes de desaparecer.

 

Riéndose de si mismo, Marc volvió a la casa.   ¡Un gato!  Todo el tiempo había sido un gato.  Pero en el fondo de su subconsciente se formaron dos preguntas.  ¿Cómo podía un gato reflejar una sombra tan grande, debajo de los arcos?  ¿Y cómo podía desaparecer ante sus ojos?  No quiso hacer caso a lo que él consideraba  preguntas sin respuesta, e ignorándolas, se tapo con la manta, ya bastante más tranquilo e intentó dormir.

 

No le fue posible;  aquel viento maldito, otra vez, agitando el cierre de la puerta, como si quisiera abrir y entrar.  Marc se levantó despacio, dudando, y se acercó al agujero de la pared.   ¿Salir o no salir?   Abriendo un poco la puerta, intentando no hacer ruido, se quedó indeciso, luego oyó pasos.  ¿Los pasos de una sombra?  ¿Cómo podía ser?  Firmes, insistentes, que  iban acercándose de cada vez más.  Su reacción fue de cobarde; lo reconoció en su interior.  Cerró la puerta y colocó el pestillo, escondiéndose en el rincón, fuera de la vista.    Oyó como algo o alguien,  intentaba abrir la puerta, notó el sudor en su frente y en sus manos, e intentó no respirar ni moverse.  Otra vez tocó a la puerta, con más empeño, empujando y agitándola.  De repente Marc no pudo más.  Se enfrentaría a lo que sea, no iba a rendirse.   Miró por la ventana y en su vida hubiera esperado ver allí afuera , claramente iluminado con la luz de la luna,  algo que para él, de ninguna manera,  podía existir.

 

¿Cómo podía ser? Pensó Marc, si estos cuentos y rumores no eran de verdad.  Pero allí estaba – el monje, supuestamente desaparecido tiempo atrás.  Bueno ahora sabía a que se enfrentaba, el monje no le haría daño, y quitando el pestillo, abrió la puerta.   Pero en  los pocos segundos que tardó en abrir, el monje se había trasladado al otro lado del patio, junto a los viejos arcos, donde la luz de la luna no podía llegar.  ¿Qué demonios estaba pasando?

 

¡Oiga! – chilló.  Su propia voz le asustó.  Las húmedas paredes la rechazaron, y la devolvieron en mil ecos, rebotando en sus orejas, y con un reflejo automático las tapó con sus manos en un intento de proteger los tímpanos del ruido espantoso.  Cuando el sonido de su voz desapareció en la noche, se percató de que la sombra, el monje, lo que fuera, estaba en medio del patio.  Y otra vez esta sensación de frío tan desagradable.  Se acercó lentamente, y  podía observar que en efecto, parecía un monje con una prenda larga, negra, una capucha tapando su cabeza, y podía ver claramente sus ojos.  Pero estos ojos que le miraban descaradamente ¡cómo brillaban!  ¿Cómo podía ser que erradicaran tanta luminosidad?  Esto no era normal, que no digan que esos ojos eran humanos porque no sería verdad.  Ni ahora, ni nunca, había visto unos ojos así en una persona.

 

De repente la forma empezó a disminuir, confundiéndose con las ramas de la higuera.  ¿Qué estaba pasando?  De debajo del árbol se deslizó algo.  Pero ¿cómo?  ¿ese gato otra vez?  Rozando sus piernas, pasó de largo hacía la pared, y como antes, subió verticalmente y una vez encima del muro se quedó mirándo a Marc.   ¡Los ojos!  ¡Aquellos ojos!  Ojos de gato, ojos del monje, la cara del monje, la cara del gato.  ¿Qué fue lo que habían contado de ese viejo monje?  ¿Qué pasaba muchas horas en el laboratorio con experimentos y brebajes de cosas extrañas?  ¡Dios mío¡  ¿Qué se había hecho ese hombre?  Poco a poco su cerebro absortó en  la realidad;  lo que él no quería reconocer, ahora tenía que admitir que era cierto, aunque fuera de todo entendimiento lógico;  que el gato era el monje, el monje era el gato, ¿cómo podía ser?  ¿Qué desastre había ocurrido en el laboratorio? 

 

El gato negro seguía mirándole fijamente, como si estuviera leyendo sus pensamientos, y luego hizo otra vez su increíble metamorfosis, y volvió a tener forma humana.  Marc vió otra vez el brillo de sus ojos , esos ojos de felino,  inhumanos.  Agachado encima del muro, el monje se cubrió con la capa y de repente, como antes, desapareció.  Luego el silencio.  Un silencio tan completo que a Marc le asustó.

El silencio era tan tremendo, casi tangible, que por un momento Marc se creía que se había vuelto sordo.  Se notaba paralizado.  ¿Por qué había tenido que venir a parar aquí?  De todos los trabajos que le habían ofrecido.  Miró hacía los árboles, la brisa había desaparecido, y las ramas estaban inmóviles. Las sombras con su permanencia le daban escalosfrios, deseaba no verlas nunca más en los arcos del patio.

 

No iba a trastornarse.  Lo que ha pasado no ha sido la realidad.  Todo lo de su alrededor, las sombras, los arcos, esa enorme higuera, la luna, la brisa maldita, el frío, todo  había influido en darle alucinaciones.  Necesitaba dormir, descansar, eso es todo.  Y sacudiendo la cabeza de un lado a otro se retiró a la casa convenciéndose de que iba a dormir.

 

La noche pasó.  Tenía que pasar, se dijo, nadie podía parar el paso de las horas, más lentas o más rápidas, pasaban, siempre.  Finalmente llegaron los primeros  rayos de sol que él esperaba desesperadamente, cubriendo la isla con una cálida luz.    Las pocas horas que habían pasado para llegar hasta la madrugada le habían parecido una eternidad, ahora el podía decir lo que era la eternidad, cuando cada segundo parecía una hora, y las horas se hicieron interminables.

 

En cuanto pudo, recogió sus pertenencias, y bajó al pequeño muelle a esperar la llegada de la barca.  Sus ansias de dejar atrás la isla eran casi incontrolables, y deseaba con todas sus fuerzas que la barca llegara temprano.

 

No diría nada.  Que no vayan a pensar que estaba loco, como el vigilante anterior.  Pediría la baja, un traslado por motivos personales, cualquier motivo, cualquier cosa para no volver a aquella isla.  De ninguna manera volvería allí.  Y  menos mal que era una isla, porque si no lo fuera, esa cosa, medio monje, medio gato, podía llegar a otros lugares, asustando a la gente.  Porque se supone que no sería capaz de saltar a la barca … ¿o sí? 

 

Daph   25/03/08

 

 


Publicado por ihospital @ 21:36
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