Jueves, 22 de mayo de 2008

Grande es, sin duda, el mé­rito de quienes con deno­dado interés y esfuerzo, profesándose amigos de la isla del antiguo Hospital Militar, con su incansable trabajo han conse­guido ir restaurando unas instala­ciones llenas de valor histórico.

Entre los ambientes renovados se encuentra una capilla católica cuyo origen se remonta al tiempo en que Menorca volvió a ser espa­ñola durante el siglo XVIII. Reina­ba entonces Carlos III y por eso, a modo de un gesto de deferencia hacia el monarca se escogió como titular de esa pequeña iglesia al santo cuyo nombre llevaba el so­berano español, o sea, a San Carlos Borromeo (1538-1584).

Resulta en verdad muy suges­tivo analizar la vida de este santo, una de las personas más admira­bles y atrayentes de aquella época por su ejemplaridad como obispo y por sus méritos como impulsor de la reforma católica, cuyo influjo se ha prolongado durante siglos y ha llegado hasta muy le­janos países. Pero al tratarse aquí de su patrocinio sobre un insigne y emblemático hospital, quisiera recordar especialmente algunos aspectos de la vida del santo que relacionados con su labor en pro de la salud y del cuidado de los enfermos.


San Carlos visita a los apestados

 Las obras de caridad fueron parte muy importante de su labor episcopal. Los hospitales milane-ses contaron siempre con la eficaz protección del cardenal Borromeo. Instituyó un albergue nocturno para los mendigos que desde muchos lugares acudían a Milán, y que fue llamado ospedali dei poveri mendicante e vergognosi. A instituciones caritativas destino el producto íntegro de la venta de unos cuantiosos bienes familiares heredados de su hermano.

En 1576 se desató en Milán una gran epidemia. Al revés de ciertas personas constituidas en autoridad que se alejaban de la ciudad a fin de evitar el peligro de contagio, el arzobispo no dejó de visitar constantemente a los enfermos y a organizar la asis­tencia que debían recibir todos los apestados. Iba no sólo al hospital sino a un lazareto que se había montado, y entraba en todos los tuburios donde yacían enfermos, consolándolos y asistiéndoles personalmente, además de inculcar a los sacerdotes que no dejaran de atenderles, y para dar ánimo a los eclesiásticos les decía "Si alguno de vosotros contrajera la enfermedad y no hubiera quien le cuidara, yo mismo, que para aten­der a los enfermos estaré a diario entre vosotros, acudiré gustosa­mente a atender a vuestra salud espiritual y corporal". Así lo hizo efectivamente tratando con gran cordialidad a los sacerdotes que caían enfermos. No procedía San Carlos a la ligera: consultó a los médicos más prestigiosos y tomó en consideración sus recomenda­ciones para evitar los peligros de contagio en cuantos asistían a los apestados.


Sepulcro de San carlos

El recuerdo de esta epidemia quedó para siempre asociado a la ejemplar actitud el cardenal Borromeo, de modo que como lo atestigua Manzini en su famosa novela Ipromesi sposi (Los novios), se la conocía popularmente como "la peste de San Carlos". Y añade el escritor que el ejemplo de su caridad sobrepasó en la memoria colectiva el recuerdo de los males padecidos.

En 1578 enfermó de gravedad el joven duque de Saboya, de 16 años de edad y que había escogi­do al arzobispo como padre espiri­tual. Acudió al punto San Carlos a asistir al enfermo y el consuelo de esta visita debió contribuir a que recobrara la salud. Al administrar la sagrada Comunión al enfermo le dirigió una exhortación en que le dijo: "Serenísimo Duque. Viene a ti Jesucristo, Hijo de Dios en la eternidad y en el tiempo nacido de María la Virgen. Viene el Rey de cielos y tierra, poderoso y rico en misericordia, dispuesto a honrar su venida a ti con preclaros dones. Cuando te hallabas ya casi a las puertas de la muerte, aliviándote en la gravísima enfermedad que padecías, en cierta manera te ha vuelto a la vida. Ahora viene para añadir al don de la salud otros dones y gracias espirituales, de modo que los beneficios de su misericordia sean acrecentados con dádivas aún mayores de su compasiva bondad".

Se dijo que en la noche en que murió San Carlos, entre el 3 y el 4 de noviembre de 1584, nadie dur­mió en Milán, puesto que toda la gente se reunió en oración junto a las cruces que se habían levanta­do en las calles cuando durante la epidemia el arzobispo mandó que se dispusieran altares para que los fieles desde sus viviendas asistie­ran a la celebración de la Misa.

El domingo 25 de mayo próxi­mo a las 10.30 de la mañana lle­gará a la Isla del Rey la imagen de San Carlos acompañada de un grupo de personas de Italia que han contribuido a esa presencia de la figura del santo. Ésta será bendecida y Llevada en procesión hasta la capilla del antiguo Hospi­tal Militar, donde a continuación se celebrará la Eucaristía.

 

 


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Publicado por ihospital @ 20:20
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