Lunes, 02 de junio de 2008

 

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Charlotte escribía los datos en el sobre con mucho cuidado, pero su mano temblaba y la tinta goteaba de la pluma, cayendo sobre el escritorio.  Al colocar el papel secante sobre las gotas de tinta observó como éstas lentamente tomaban forma de olas; las olas del mar Mediterráneo, pensaba  Charlotte, donde ahora estaría su marido,  William Sinclair.   Al día siguiente Charlotte dejó  la carta en manos de la agencia del Sr. Fitch, en Nueva York, quién prometió que la haría llegar a  Marsella cuanto antes.   

 

William Sinclair era contable abordo el U.S.Ship Ohio.   Su destino después de un breve descanso en Marsella, era el hospital militar, situado en una pequeña isla en el Puerto de Mahón, donde los franceses heridos en Argel necesitaban ayuda urgentemente.

 


Al llegar a Menorca unos cuantos de la tripulación desembarcaron del Ohio para averiguar la situación en el Hospital Militar.   William se alojó en una de las pocas casas habitables y allí montó su despacho, donde empezo a hacer una lista de todo lo que faltaba en el Hospital.    La única comunicación con el muelle era un barco pequeño, que pertenecía a un menorquin, y esté, a cambio de unos reales, hacía el corto trayecto  varias veces al día para traer los  encargos.  

 

 

En seguida  William se dió cuenta de que los menorquines eran bastante autosuficientes;  cultivaban mucho  el campo, y aprovechaban el fruto de los árboles, incluso sabían hacer  un gin espléndido con la ayuda de una receta que habían dejado los ingleses.  También hacían un licor muy bueno con las `figas de moro´ como ellos las llamaban, que crecían en los cactus;  si lo podían perfeccionar, tal vez tendría mucho éxito en el futuro,  pensó William.    De momento iba bien un vasito de cada cosa para combatir el frío de la humedad que se le estaba metiendo en el cuerpo.   Al  levantar el vaso para beber un sorbo observó  desde la ventana como el sol reflejaba  algo en el suelo.  ¿Qué  sería?  Saliendo,  se dió cuenta que era tan solo un botón militar que alguien había perdido de su uniforme y lo cogió para limpiarlo de tierra y fango, y lo depositó encima de una roca. 

 

 Este mismo día  llegó al puerto un barco de guerra francés.  Bueno en estos tiempos, no era de sorprender, y no le dio más vueltas al asunto.  Desde luego había de todo en la Isla -  menorquines, franceses, ellos mismos, los americanos, incluso había un joven holandés llamado Henkle.  Además cada día William vió como un médico muy importante  paseaba todos los días de un lado a otro muy de prisa, escribiendo datos, como si su vida dependíera de ello,  que si las camas estaban demasiadas juntas, que si las mantas tenían humedad,   las ventanas eran viejas y no servían,  `topografía médica´  lo llamaba,  aunque William no pudo ver que sentido tenía;  si dentro de unos años todo esto sería otra historia.

 

 ¿Cuando recibiría noticias de Charlotte?  ¿ Cuánto podía tardar en llegar una carta desde Nueva York?  Mucho tiempo, decidió William.  Al cabo de  poco rato  notó un alboroto en el muelle.  Habían venido unos franceses del barco de guerra  con correo para los americanos, que había traído desde Marsella.  William se apresuró en acercarse a ver si había algo para él, y, sí, oyó como le llamaban agitando un sobre en el aire.   Al ver la escritura de su mujer se emocionó muchísimo, y con mucha angustia y lágrimas en los ojos la abrió.  Con pocas palabras su sueño se había hecho realidad.  Leyó:  Mi querido William,  el 15 de Octubre del año 1840, nació nuestro primer hijo.  Le he puesto el nombre de Joseph William Sinclair, tal como tú queriás.   ¡Ya eres padre!

 

 


Publicado por ihospital @ 20:12
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