Jueves, 30 de abril de 2009

Puede ser aconsejable volver a leer, en estos tiempos, las reflexiones sobre economía de guerra escritas por los generales Fuller o Eisenhower relacionadas con la Segunda Guerra Mundial y con la reconstrucción posterior del sistema económico mundial.

Gracias a Dios, no estamos en guerra, pero… tampoco estamos en paz. Y la Historia nos recuerda que una fuerte depresión como la de 1929 trajo –entre otras causas– la desgarradora conmoción bélica de 1939. Es decir: puede haber una relación causa efecto entre crisis económica, crisis social y guerra. Que se lo pregunten a nuestros hermanos centroamericanos, a dónde les llevó la crisis económica de 1973.

No pretendo ser alarmista. Sólo pienso en prever, en reflexionar. Soy consciente de mis limitaciones técnicas en materia de economía y hacienda, pero soy testigo y constato que no me siento en paz, cuando veo a amigos que han perdido el trabajo, cuando veo cerrar pequeñas empresas y negocios, cuando las colas del INEM bordean manzanas, cuando los comedores de caridad y los bancos de alimentos trabajan a tope, cuando temo la “argentinización” de la Seguridad Social o de los ahorros de la clase media.

El presidente de un banco nacional clamaba recientemente por un pacto de estado, ante lo que llamaba “situación de emergencia nacional”. Lo decía porque “ningún gobierno y ningún partido político puede llevar a cabo (una política económica) en solitario, sino que exige el esfuerzo, el sacrificio y la implicación de todos” (Francisco González www.abc.es/economía 14.03.09). Reclamaba, en resumen, lo que yo denomino economía de guerra: todos los esfuerzos se concentran para salir de la crisis. Todos: gobiernos, oposiciones, sindicatos, patronales, medios de comunicación.

Reclamaba sacrificio e implicación. Esto entraña recuperar la ética, la moral, el pulso, el patriotismo. ¡Difícil hoy hablar de ello, cuando predominan los egoísmos, el sálvese quien pueda, el robo más o menos camuflado de gestión o de influencias con tinte político! Siempre saldrá ganando el bribón que se camufla en siglas políticas. Y no pasa día en que no conozcamos nuevos escándalos, corrupciones o simplemente robos en ayuntamientos, diputaciones, consejerías o ministerios. No es que hayamos perdido la ética en la administración de bienes públicos. Es que hemos perdido hasta la vergüenza.

López Rodó, allá por los sesenta, pilotó una economía autárquica de postguerra, nos sacó de la depresión y nos condujo al desarrollo en sucesivos –ocho– planes. El gran mérito del político catalán fue el de sumar esfuerzos, el de conducir en una dirección a un grupo de jóvenes economistas desprovistos de color político, aunque cada uno lo llevase en la mochila. Su “economía de guerra” posibilitó que trabajasen en los sótanos de Castellana 3, bajo el mismísimo despacho del almirante Carrero, desde un Fabián Estapé hasta un Julián García Valverde.

Hoy, constatada la depresión, patente la carencia de paz social, quizás no sería mala idea la de extraer de la universidad, de las empresas, incluso de las administraciones a jóvenes valores no contaminados políticamente, con influencia y legitimidad suficientes para canalizar la actual crisis que tenemos a bordo.

En resumen, diría que sólo una política de Estado, sólo el trabajo técnico bien coordinado y conducido, sólo un rumbo claro que busque el bien de los españoles, sólo la recuperación de la ética en la vida pública, sólo el sacrificio, pueden paliar la situación de emergencia nacional en la que nos debatimos. No es que estemos en guerra; pero tampoco estamos en paz.
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Publicado en “El Imparcial” el 24 de marzo.


Tags: alejandre, economia, guerra

Publicado por ihospital @ 19:27
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