Lunes, 11 de enero de 2010


Una de las grandes y acertadas incorporaciones a LA RAZÓN en los últimos meses ha sido la del general Luis Alejandre Sintes, el que fuera hasta la llegada de José Bono al Ministerio de Defensa, el Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra. Un general moderno, culto, respetado y querido, con una trayectoria intachable y un sentido de la integración de la milicia a la sociedad –incluida la sociedad que rechaza a los militares por un mero problema de gilipollez heredada–, admirable. Al general Alejandre le soplaron vientos de deslealtad y se retiró a su Menorca natal como sólo lo hacen los soldados, con una dignidad acumulada y crecida por siglos de servicio a España. No quiero decir con esto que mi gran amigo el general Alejandre haya cumplido sus primeros quinientos años de vida. Es capaz de mucho, pero no de tanto. Intento hacer llegar a los que me leen, que los grandes militares, como el general Alejandre Sintes, son depositarios naturales de una dignidad secular, que algunos se empeñan en no saber interpretar ni valorar como sería justo y conveniente.
Un periódico, y al Director de LA RAZÓN se debe este acierto, tiene que contar en sus filas con un experto en asuntos militares. He seguido con enorme interés las tribunas «Desde Menorca» que ha escrito el ejemplar soldado, y creo que además de traer a nuestras páginas la sabiduría de un militar excepcional, nos hemos topado con un notable escritor. Normalmente, los expertos sólo escriben para otros expertos, utilizando un lenguaje jergal y críptico, que aburre a las ovejas. Luis Alejandre sigue siendo tan firme, valiente y honesto que en sus tiempos de alto mando, e igual de transparente. Escribe para todos, y nadie que lo lea puede sentirse defraudado. A eso se le llama estilo.
En su última «Tribuna» nos lleva a la Pascua Militar de Menorca, la más madrugadora. Nos sintetiza la historia de la isla, y nos habla de los sentimientos de los militares, que se ven obligados a oír, con su demostrada educación y disciplina, discursos en los que han metido mano y cerebro personas que nada tienen que ver con el espíritu militar. No se refiere al Rey, que es más militar que nadie y sabe interpretar desde joven los sentimientos de sus soldados. Se refiere a la indefensión –eso he intuido–, de unos servidores de la Patria –término bellísimo y emocionante–, que no esperan recompensa alguna ni piden otra cosa que respeto por su función. Y nos dibuja el sentir de los militares ante la Ley de la Carrera Militar, las dispersiones y clausuras de los museos del Ejército –Montjuich, Bono, Montjuich–, de la voraz estupidez –esto es mío–, de un partido nacionalista que se escandaliza porque en el Monte Gorbea, un monte español sito en una provincia española, después de unas maniobras, se plantara en su cima la Bandera de España, lo que disgustó a destacados dirigentes socialistas. Y aquel callado estupor cuando –Bono, de nuevo Bono–, para contentar a otros nacionalistas, se borró en la Academia de Suboficiales de Tremp el lema «a España servir hasta morir». Mucho soportan los militares y no cejan en regalarnos su ejemplo. LA RAZÓN  se ha enriquecido con la palabra leal y magnífica del general Alejandre.
Publicado por ihospital @ 11:46
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